Porque algunos placeres merecen su propio espacio
Historias para leer despacio, a solas o en compañía. Deja que las palabras hagan el resto. Iremos añadiendo nuevos relatos: esto no ha hecho más que empezar.
Las seis y diez. La oficina convertida en un eco de sí misma: mesas vacías, papeles que ya no importan, persianas a medio caer como párpados cansados. Ese silencio que no es silencio, sino una presencia. Algo que observa.
El teléfono vibró. Número oculto. Un detalle pequeño… pero suficiente para que el aire cambiara de temperatura.
—¿Sí?
—No cuelgues. —La voz era grave, pero no imponía; invitaba—. Solo una pregunta. Y luego decides tú. ¿Te atreverías a sentir, ahora mismo, lo que llevas semanas evitando? Si la respuesta es sí, dilo. Si no… cuelga. Y nunca sabrás qué habría despertado en ti.
El pasillo estaba oscuro. Nadie. Y aun así, la sensación de ser vista se deslizó por tu espalda como un pensamiento que no pediste. Sabías que deberías colgar. Sabías que no ibas a hacerlo.
—Adelante.
Un silencio breve. Casi un suspiro.
—Eso esperaba. —La voz bajó un tono, como si se acercara sin moverse—. Llévate una mano al cuello. No la tuya: la de quien llevas tanto tiempo imaginando. Deja que baje sola, despacio, hasta el primer botón de la blusa. No lo abras todavía. Solo siente cómo la tela roza donde la piel ya está pidiendo otra cosa.
Tu mano obedeció antes de que tu cabeza decidiera. Y algo se tensó muy abajo, hondo, como una cuerda que alguien afina sin prisa.
—Eso que notas ahora, ese calor que sube y por el que aprietas las piernas para contenerlo… no lo contengas. Llevas toda la tarde así sin saberlo. Llevas semanas. —Una pausa exacta—. Abre ese botón. Y el siguiente. Nadie va a entrar… aunque podría. Y reconoce, aunque sea solo para ti, que esa idea es justo lo que te está encendiendo.
La respiración se te cortó. No por lo que pasaba, sino por todo lo que podría pasar.
—¿Sigues ahí? —preguntó, aunque sabía la respuesta.
—Sigo —dijiste, y tu propia voz te sonó distinta. Más baja. Más entregada.
—Bien. Quiero que te recuestes en esa silla. La misma en la que pasas las horas fingiendo que no piensas en estas cosas. Hoy va a saber para qué sirve de verdad.
Sonreíste sin querer, y notaste el rubor subirte por el cuello. La silla crujió cuando te dejaste caer hacia atrás, y por un instante miraste la puerta de cristal, el pasillo vacío, la posibilidad. Esa posibilidad que no debería gustarte tanto.
—Baja la mano. Sin saltarte nada. Que cada centímetro tarde una vida, que tu propia piel te sorprenda. Quiero que descubras cuánto calor habías estado guardando sin permitirte tocarlo.
Obedeciste. Tus dedos resbalaron por el esternón, entre los pechos, y notaste tu propia piel ardiendo, más caliente de lo que esperabas, como si llevaras horas a fuego lento sin saberlo. El roce de las yemas sobre el vientre te erizó entera.
—Eso —murmuró él, como si lo hubiera sentido a través del teléfono—. Justo eso. No tengas prisa. Quédate en el borde, ahí donde todo tiembla y nada ha pasado aún. El placer no está en llegar. Está en saber esperar hasta que el cuerpo te lo suplique.
El aire acondicionado zumbaba. Tu respiración se mezclaba con su voz, y ya no sabías dónde terminaba una y empezaba la otra. Cada palabra suya caía exactamente donde la necesitabas, como si conociera tu cuerpo mejor que tú misma.
—Hay algo que quiero que sepas —dijo entonces, y por primera vez su voz tembló apenas, lo justo para volverte loca—. No te he elegido al azar. Llevo tiempo observándote. Sé cómo te muerdes el labio cuando crees que nadie mira. Sé que esta tarde, antes de que sonara el teléfono, ya estabas pensando en esto.
Un escalofrío te recorrió entera. Querías preguntar quién era. Querías y no querías, porque el misterio era justo la mitad del placer.
—Sigue —pediste, y no reconociste tu propia voz.
—No tan rápido. —Y había una sonrisa en cómo lo dijo—. Lo bueno se hace esperar. Quiero que pares un segundo. Que sientas lo que te cuesta parar. Ese vacío, esa urgencia. Memorízala. Porque la próxima vez que oigas este teléfono, vas a estar deseando que sea yo.
—No me dejes así —susurraste.
—Esa es exactamente la idea.
Y la línea se quedó muda. Solo el tono, monótono, indiferente, mientras tú seguías recostada en la penumbra de una oficina que ya nunca volverías a mirar igual, con el corazón golpeándote y una certeza incómoda y deliciosa instalándose en el pecho:
Ibas a esperar esa llamada. Cada tarde. El tiempo que hiciera falta.
—Continuará—
Tres tardes. Tres tardes esperando una llamada que no llegaba, y descubriendo, tarde a tarde, que la espera tenía cuerpo: se te metía en el estómago, te tensaba la nuca, te hacía mirar ese teléfono como se mira una puerta cerrada sabiendo quién está al otro lado.
Y lo peor era de noche. A oscuras, en tu cama, el silencio se volvía espeso y traicionero. Esto no está bien, te decías, y notabas cómo el propio pensamiento te encendía. No deberías estar así por una voz sin rostro. No deberías haber seguido la primera vez. Pero tu cuerpo no escuchaba sermones. Tu cuerpo solo recordaba. Y recordar te dejaba despierta, girándote entre las sábanas que de pronto pesaban distinto sobre la piel, con la respiración lenta y demasiado consciente, ardiendo despacio, hasta que la cordura se rendía y te dejaba a solas con las ganas de volver a sentir aquello, dejando que la imaginación te envolviera hasta hacerte temblar.
Hoy te quedaste a propósito. Despachaste a todos con una excusa que ni tú te creíste, apagaste la luz grande, dejaste solo la lámpara baja. Las sombras alargándose por el escritorio, el edificio vaciándose piso a piso hasta que solo quedó tu respiración y el zumbido lejano del aire. Para terminar un informe, te dijiste. Y esa mentira que comentaste te hizo asomar una sonrisa pícara que solo tú sabías por qué.
Una vez más, en silencio, en la oficina frente a unos papeles que no servían para nada, una voz en tu cabeza se repetía, era la voz que siempre te ha mantenido a salvo de cometer locuras, decía: vete a casa. Esto no acaba bien. La oíste claramente, pero el ardor que sentías entre los muslos no podías controlarlo e impedía que te movieras, era deseo, deseo de lo prohibido y sin nada que poder hacer.
Las seis y diez. Miras el reloj y el segundero sigue girando, indiferente, llevándose el momento que tanto anhelabas. Nada. Otra tarde tragada por el silencio. Y entonces te das cuenta de que tienes razón: Mejor así, piensa una parte de ti. La otra, la que ya no controlas, se hunde de pura decepción —y esa decepción te avergüenza, porque te dice a gritos cuánto lo estabas esperando.
Recoges despacio. Dándote la razón y odiándote por ello.
Y entonces el teléfono suena.
El sonido te recorre entera, de la nuca al vientre, como una corriente. Sientes un cosquilleo que empieza en el abdomen y no puedes controlarlo, una sensación casi desesperante. El no debo y el que sea él, estallan a la vez con tanta fuerza que el segundo tono apenas lo oyes. El tiempo se para y todo va mucho más despacio, tu cuerpo se estremece antes incluso de rozar el teléfono.
Descuelgas. No hablas. Dejas que sea el silencio quien dé el primer paso.
—Sabías que iba a llamar —dice él.
—No debería haber descolgado. —Te sale en un hilo de voz temblorosa—. Esto está mal.
Respondes. Pero no puedes evitar seguir a la escucha. Ahí está toda la verdad: lo sabes, pero te quedas.
—Pero lo has hecho —dice él, dejando sentir cómo sonríe.
—Sí, lo he hecho. Mañana me arrepentiré. —Tragando saliva—. Aunque mañana queda lejos.
Un silencio al otro lado. Largo. Por primera vez, eres tú quien consigue llevar la conversación.
—Eso lo cambia todo —murmura—. No esperaba que fueras así.
—¿Así cómo? —Y sin esperar respuesta—: Acostúmbrate. Porque hoy mando yo.
Lo dices, pero tu cuerpo va por libre, el calor te sube por dentro, los muslos se contraen bajo la mesa, el aire de la oficina se vuelve caliente, tu ropa te sobra, está demasiado cerca de la piel. El mundo entero se ha encogido hasta caber en los centímetros que separan tu oído de esa voz.
—Hoy no obedezco —añades, y te tiembla algo dulce en la garganta—. Hoy pregunto yo. Y tú contestas.
Una risa baja al otro lado. No de burla. De rendición. El sonido de un hombre dejándose desarmar.
—Pregunta.
Te llevas una mano al cuello. No para él: para ti, para anclarte, para recordarte que sigues siendo la de siempre. Pero la piel te arde bajo las yemas, te delata, y el pulso te late en sitios donde no sabías que latía.
Es una sensación, deseada, notas una excitación que te invade entre las piernas, los latidos son cada vez más fuertes, tu cuerpo se deshace entre gotas de sudor sintiendo algo que no habías sentido antes, no puedes evitar llevar tu mano a los muslos, a la parte del pubis, al interior de tu ropa interior, notas como tu cuerpo se prepara para lo que desea, dejándote húmeda y con una sensación de fogosidad, pero en ese momento, tu mente, vuelve a hablar, no es nada nuevo, ¿Qué está pasando?, debes saber quién es y entonces, respiras y
—¿Quién eres? —le preguntas.
El silencio se estira como una cuerda. Oyes su respiración, lenta, y hay algo en esa respiración que reconoces sin poder ubicar, un eco, una presencia que tu cuerpo identifica antes que tu memoria.
—Llevamos años cruzándonos —dice por fin, con una voz tenue y melancólica, cada vez más cerca, tanto que sientes contra tu oído el aliento—. Ascensores en los que miraba el suelo porque no podía mirarte. El café que pedías sin azúcar a las nueve y diez al bajar a desayunar. Aquella reunión en la que no pude apartar los ojos de ti, todo este tiempo que me he sentido perdido. Mil veces a un metro de distancia para poder tocarte. Y mil veces que nunca he tenido el valor de hacerlo.
Cada detalle que te ha dicho encaja, y solo puedes pensar quién puede ser, esa voz que te provoca ha estado cerca de ti y no sabes quién es, solo puedes pensar que no has hecho nada con él, no se ha atrevido a tocarte, esa incertidumbre no te deja avanzar, tu mente imagina a miles de personas por segundo, y no puedes saber quién es.
—¿Y ahora? —le susurras, y esperas una respuesta que necesitas.
—Ahora ya no aguanto más. Me he decidido. —Una pausa exacta, la última antes del filo—. Te deseo, Victoria.
Tu nombre.
Lo dice entero, despacio, paladeándolo, como quien posa por fin sobre la mesa la carta que llevaba toda la partida guardada en la palma. Victoria. Lo sabe. Te conoce. Te conocía desde mucho antes de aquella primera llamada.
Y llega el pensamiento que debería helarte la sangre y que en cambio te derrama un calor líquido por dentro. Y te preguntas: ¿desde cuándo me observa? ¿qué me ha visto hacer creyéndome a solas? ¿cuánto sabe de mí que yo guardaba como mío? Tendrías que tener miedo. Una mujer prudente colgaría y llamaría a seguridad, levantaría los muros que tú estás derribando uno a uno. Pero el miedo, descubres, tiene el mismo sabor que el deseo. Y por dentro, donde nadie te ve, no estás temblando de susto: estás temblando de otra cosa.
Cierras los ojos. Y descubres algo que te marcará: lo prohibido no es algo que te ocurre. Es algo que se elige. Y elegirlo, por primera vez en tu vida, te sabe a poder puro.
Pero ese poder no hace que puedas evitar desabrocharte los botones de la blusa uno a uno, y bajar la mano suavemente quitándote las gotas de sudor entre los pechos, para poder secarte hasta llegar con las yemas de los dedos al ombligo, notas como estas totalmente empapada, pero tus ganas de saber impiden que sigas por ese camino.
—¿Quién eres? —repites, y ahora la voz te tiembla por otro motivo, por algo hondo que ya no puedes ni quieres esconder.
—Alguien que llevaba demasiado tiempo callándolo. —Y baja el tono hasta casi nada, hasta que solo queda el aliento—. Lo demás lo sabrás. Pero no hoy.
Y esa negativa, en lugar de frenarte, te enciende más. Porque no saber quién es lo convierte en cualquiera. En todos. En esa voz que podría pertenecer al hombre del ascensor, al de la reunión, al que se cruza contigo cada mañana sin que tú lo sepas. El misterio no te protege: te desnuda.
En la penumbra, se te curva sola una sonrisa altiva. La voz sensata sigue gritando muy adentro —esto se te va de las manos, Victoria— y por primera vez en tu vida la haces callar. El silencio que deja, esa rendición de tu propia cordura, es lo más delicioso que has sentido nunca.
—Llegas tarde —dices, y la voz te sale de terciopelo, lenta, dueña de cada sílaba—. Porque la mujer que crees que soy, la que se arrepentía de descolgar… ya no existe. Has hecho nacer en mí un valor que ni yo misma sabía que tenía. ¿No quieres decirme quién eres? Piénsalo, porque en este momento no sé si colgar el teléfono o seguir hablando.
Y entonces se hace el silencio. Un silencio espeso, eléctrico, en el que solo se oye su respiración y la tuya, acompasándose sin querer. Los segundos se estiran y cada uno te hunde más en ese calor que ya no disimulas, hasta que ninguno de los dos sabe quién va a romperlo primero. Hasta que él cede.
—¿Y qué decides? —pregunta él, y por primera vez es su voz la que tiembla. Solo tú puedes decidir. Si quieres colgar, cuelga, y no podré hacer nada.
Y esa fragilidad repentina en él —el cazador que de pronto teme perder la presa— te recorre como un escalofrío de poder. Por primera vez no eres tú la que está a merced de nadie.
Miras la puerta de cristal. El pasillo a oscuras. La posibilidad de que alguien aparezca y te encuentre así, encendida, con el teléfono pegado a la cara escondiendo un secreto. No sabes si podrías disimular. Y entonces descubres, con un escalofrío, que es justo ese no deberías lo que te tiene el cuerpo entero en llamas.
—Ya lo has decidido —dice él—. Tu mente te dice que no es lo que debes hacer. Lo sé, me ha pasado todas las veces que he intentado acercarme a ti. Pero tu cuerpo dice otra cosa. Dime la verdad.
No sabes qué hacer. Esa frase te reta a darle la razón a tu cuerpo o a tu mente, y las dos tiran de ti hacia lados opuestos con la misma fuerza.
—No lo pienses, Victoria —sigue él—. Ponte cómoda, gira la silla, aparta la mesa. Solo escucha mi voz. ¿Qué dices?
—¿Qué quieres de mí? —preguntas, girando la silla fuera de la mesa, de espaldas a la ventana.
—Lo sabrás —dice él— cuando yo quiera que lo sepas. ¡Ni un segundo antes!
—Ahora solo piensa en qué te gustaría que te hiciera y abre las piernas poco a poco, baja la mano por tu blusa, hasta el abdomen.
—¿Qué llevas puesto en la parte de abajo? —te pregunta.
—Una falda —le contestas.
—Eso es precisamente el trabajo más difícil —continúa diciéndote—. Ahora súbela poco a poco para poder introducir la mano lentamente en tu ropa interior, ¿notas en tu piel ese tacto suave que tienes?
—Sí, lo noto —contestas tú con deseo.
—Nota cómo te late el corazón cada vez más fuerte y cómo tu respiración se hace más y más rápida cada vez, imagínate que esa mano es la mía y que no puedo parar de acariciarte, no hago nada más que acariciarte por el interior de tus labios, noto cómo te estás humedeciendo y cómo tus labios se están inflamando, tu deseo es cada vez mayor, dime, ¿qué deseas?
Tú, que estás en una situación completamente nueva, viviendo una experiencia que te da valor y coraje para hacer lo que sea, contestas.
—Siento tu mano, siento cómo mi cuerpo se estremece, cómo mi cuerpo está lleno de sudor y estoy preparada para todo, dime qué quieres de mí —con una voz jadeosa mientras poco a poco te estás dando placer.
—Es el momento —dice él—. Ya no puedo aguantar más.
—¿Por qué aguantas? —le contestas, sin poder parar de acariciar todo tu cuerpo.
—Porque las cosas que se desean se aprecian más —comenta él, con voz seria. Y continúa—: Es el momento de colgar. Pero tranquila, que volveremos a hablar. No sé qué día será, pero será sobre esta hora.
Un silencio se crea entre jadeos. Ya no dice nada.
No puedes parar de tocarte, deseas que te toque, que alguien te haga el amor, tienes que apagar ese fuego que te invade dentro. Y que por mucho que acaricias no puedes apagar.
—¿Estás ahí? —preguntas—. ¿Cuándo me llamarás?
Tus dedos no pueden parar de acariciar cualquier parte de tu cuerpo que te produzca placer, y ni siquiera te das cuenta de que ya no está al otro lado: ha colgado el teléfono. No dejas de notar cómo cada vez estás más húmeda. Ya no es cuestión de que te conteste, es cuestión de acabar: quieres llegar al final, apagar el fuego.
Una explosión entre tus muslos te deja en calma. Y entonces caes en la cuenta de que el tono del teléfono lleva rato sonando constante, monótono. Ya no hay nadie al otro lado. Y por un momento lo ves claro: este es el sitio donde habría que poner freno a todo esto.
Estuvo bien mientras duró, piensas. Quizá ya es hora de que pare.
Cuelgas el teléfono. Te quedas en la penumbra, el corazón disparado, la piel todavía zumbando en una nota que no te conocías. Sabes que esta noche, en casa, volverá el arrepentimiento de siempre, la voz que te jurará que esto es una locura, que pares antes de que sea tarde.
Volverá. Lo sabes. Te lo ha dicho.
Pero también sabes —y esto es lo que te asusta, y lo que en el fondo te salva— que mañana volverás a estar aquí, decidiendo en esta misma silla, en esta misma penumbra. Esperándolo a sabiendas. Buscando, con los ojos abiertos, exactamente eso que no deberías querer.
Solo que la próxima llamada… la llevarás tú. Sabes que puedes hacerlo. Y ya no te asusta pedir lo que deseas.
—Continuará—

En Dreams Secret cuidamos tu intimidad también aquí. Usamos cookies necesarias para que la web funcione y, si nos das permiso, otras para entender cómo se usa y seguir mejorándola. Tú eliges: puedes aceptarlas, rechazarlas o configurarlas a tu gusto. Tu decisión no afecta a la discreción con la que tratamos tus datos.