Porque algunos placeres merecen su propio espacio
Historias para leer despacio, a solas o en compañía. Deja que las palabras hagan el resto. Iremos añadiendo nuevos relatos: esto no ha hecho más que empezar.
Las seis y diez. La oficina convertida en un eco de sí misma: mesas vacías, papeles que ya no importan, persianas a medio caer como párpados cansados. Ese silencio que no es silencio, sino una presencia. Algo que observa.
El teléfono vibró. Número oculto. Un detalle pequeño… pero suficiente para que el aire cambiara de temperatura.
—¿Sí?
—No cuelgues. —La voz era grave, pero no imponía; invitaba—. Solo una pregunta. Y luego decides tú. ¿Te atreverías a sentir, ahora mismo, lo que llevas semanas evitando? Si la respuesta es sí, dilo. Si no… cuelga. Y nunca sabrás qué habría despertado en ti.
El pasillo estaba oscuro. Nadie. Y aun así, la sensación de ser vista se deslizó por tu espalda como un pensamiento que no pediste. Sabías que deberías colgar. Sabías que no ibas a hacerlo.
—Adelante.
Un silencio breve. Casi un suspiro.
—Eso esperaba. —La voz bajó un tono, como si se acercara sin moverse—. Llévate una mano al cuello. No la tuya: la de quien llevas tanto tiempo imaginando. Deja que baje sola, despacio, hasta el primer botón de la blusa. No lo abras todavía. Solo siente cómo la tela roza donde la piel ya está pidiendo otra cosa.
Tu mano obedeció antes de que tu cabeza decidiera. Y algo se tensó muy abajo, hondo, como una cuerda que alguien afina sin prisa.
—Eso que notas ahora, ese calor que sube y por el que aprietas las piernas para contenerlo… no lo contengas. Llevas toda la tarde así sin saberlo. Llevas semanas. —Una pausa exacta—. Abre ese botón. Y el siguiente. Nadie va a entrar… aunque podría. Y reconoce, aunque sea solo para ti, que esa idea es justo lo que te está encendiendo.
La respiración se te cortó. No por lo que pasaba, sino por todo lo que podría pasar.
—¿Sigues ahí? —preguntó, aunque sabía la respuesta.
—Sigo —dijiste, y tu propia voz te sonó distinta. Más baja. Más entregada.
—Bien. Quiero que te recuestes en esa silla. La misma en la que pasas las horas fingiendo que no piensas en estas cosas. Hoy va a saber para qué sirve de verdad.
Sonreíste sin querer, y notaste el rubor subirte por el cuello. La silla crujió cuando te dejaste caer hacia atrás, y por un instante miraste la puerta de cristal, el pasillo vacío, la posibilidad. Esa posibilidad que no debería gustarte tanto.
—Baja la mano. Sin saltarte nada. Que cada centímetro tarde una vida, que tu propia piel te sorprenda. Quiero que descubras cuánto calor habías estado guardando sin permitirte tocarlo.
Obedeciste. Tus dedos resbalaron por el esternón, entre los pechos, y notaste tu propia piel ardiendo, más caliente de lo que esperabas, como si llevaras horas a fuego lento sin saberlo. El roce de las yemas sobre el vientre te erizó entera.
—Eso —murmuró él, como si lo hubiera sentido a través del teléfono—. Justo eso. No tengas prisa. Quédate en el borde, ahí donde todo tiembla y nada ha pasado aún. El placer no está en llegar. Está en saber esperar hasta que el cuerpo te lo suplique.
El aire acondicionado zumbaba. Tu respiración se mezclaba con su voz, y ya no sabías dónde terminaba una y empezaba la otra. Cada palabra suya caía exactamente donde la necesitabas, como si conociera tu cuerpo mejor que tú misma.
—Hay algo que quiero que sepas —dijo entonces, y por primera vez su voz tembló apenas, lo justo para volverte loca—. No te he elegido al azar. Llevo tiempo observándote. Sé cómo te muerdes el labio cuando crees que nadie mira. Sé que esta tarde, antes de que sonara el teléfono, ya estabas pensando en esto.
Un escalofrío te recorrió entera. Querías preguntar quién era. Querías y no querías, porque el misterio era justo la mitad del placer.
—Sigue —pediste, y no reconociste tu propia voz.
—No tan rápido. —Y había una sonrisa en cómo lo dijo—. Lo bueno se hace esperar. Quiero que pares un segundo. Que sientas lo que te cuesta parar. Ese vacío, esa urgencia. Memorízala. Porque la próxima vez que oigas este teléfono, vas a estar deseando que sea yo.
—No me dejes así —susurraste.
—Esa es exactamente la idea.
Y la línea se quedó muda. Solo el tono, monótono, indiferente, mientras tú seguías recostada en la penumbra de una oficina que ya nunca volverías a mirar igual, con el corazón golpeándote y una certeza incómoda y deliciosa instalándose en el pecho:
Ibas a esperar esa llamada. Cada tarde. El tiempo que hiciera falta.
—Continuará—
Tres tardes. Tres tardes esperando una llamada que no llegaba, y descubriendo, tarde a tarde, que la espera tenía cuerpo: se te metía en el estómago, te tensaba la nuca, te hacía mirar ese teléfono como se mira una puerta cerrada sabiendo quién está al otro lado.
Y lo peor era de noche. A oscuras, en tu cama, el silencio se volvía espeso y traicionero. Esto no está bien, te decías, y notabas cómo el propio pensamiento te encendía. No deberías estar así por una voz sin rostro. No deberías haber seguido la primera vez. Pero tu cuerpo no escuchaba sermones. Tu cuerpo solo recordaba. Y recordar te dejaba despierta, girándote entre las sábanas que de pronto pesaban distinto sobre la piel, con la respiración lenta y demasiado consciente, ardiendo despacio, hasta que la cordura se rendía y te dejaba a solas con las ganas de volver a sentir aquello, dejando que la imaginación te envolviera hasta hacerte temblar.
Hoy te quedaste a propósito. Despachaste a todos con una excusa que ni tú te creíste, apagaste la luz grande, dejaste solo la lámpara baja. Las sombras alargándose por el escritorio, el edificio vaciándose piso a piso hasta que solo quedó tu respiración y el zumbido lejano del aire. Para terminar un informe, te dijiste. Y esa mentira que comentaste te hizo asomar una sonrisa pícara que solo tú sabías por qué.
Una vez más, en silencio, en la oficina frente a unos papeles que no servían para nada, una voz en tu cabeza se repetía, era la voz que siempre te ha mantenido a salvo de cometer locuras, decía: vete a casa. Esto no acaba bien. La oíste claramente, pero el ardor que sentías entre los muslos no podías controlarlo e impedía que te movieras, era deseo, deseo de lo prohibido y sin nada que poder hacer.
Las seis y diez. Miras el reloj y el segundero sigue girando, indiferente, llevándose el momento que tanto anhelabas. Nada. Otra tarde tragada por el silencio. Y entonces te das cuenta de que tienes razón: Mejor así, piensa una parte de ti. La otra, la que ya no controlas, se hunde de pura decepción —y esa decepción te avergüenza, porque te dice a gritos cuánto lo estabas esperando.
Recoges despacio. Dándote la razón y odiándote por ello.
Y entonces el teléfono suena.
El sonido te recorre entera, de la nuca al vientre, como una corriente. Sientes un cosquilleo que empieza en el abdomen y no puedes controlarlo, una sensación casi desesperante. El no debo y el que sea él, estallan a la vez con tanta fuerza que el segundo tono apenas lo oyes. El tiempo se para y todo va mucho más despacio, tu cuerpo se estremece antes incluso de rozar el teléfono.
Descuelgas. No hablas. Dejas que sea el silencio quien dé el primer paso.
—Sabías que iba a llamar —dice él.
—No debería haber descolgado. —Te sale en un hilo de voz temblorosa—. Esto está mal.
Respondes. Pero no puedes evitar seguir a la escucha. Ahí está toda la verdad: lo sabes, pero te quedas.
—Pero lo has hecho —dice él, dejando sentir cómo sonríe.
—Sí, lo he hecho. Mañana me arrepentiré. —Tragando saliva—. Aunque mañana queda lejos.
Un silencio al otro lado. Largo. Por primera vez, eres tú quien consigue llevar la conversación.
—Eso lo cambia todo —murmura—. No esperaba que fueras así.
—¿Así cómo? —Y sin esperar respuesta—: Acostúmbrate. Porque hoy mando yo.
Lo dices, pero tu cuerpo va por libre, el calor te sube por dentro, los muslos se contraen bajo la mesa, el aire de la oficina se vuelve caliente, tu ropa te sobra, está demasiado cerca de la piel. El mundo entero se ha encogido hasta caber en los centímetros que separan tu oído de esa voz.
—Hoy no obedezco —añades, y te tiembla algo dulce en la garganta—. Hoy pregunto yo. Y tú contestas.
Una risa baja al otro lado. No de burla. De rendición. El sonido de un hombre dejándose desarmar.
—Pregunta.
Te llevas una mano al cuello. No para él: para ti, para anclarte, para recordarte que sigues siendo la de siempre. Pero la piel te arde bajo las yemas, te delata, y el pulso te late en sitios donde no sabías que latía.
Es una sensación, deseada, notas una excitación que te invade entre las piernas, los latidos son cada vez más fuertes, tu cuerpo se deshace entre gotas de sudor sintiendo algo que no habías sentido antes, no puedes evitar llevar tu mano a los muslos, a la parte del pubis, al interior de tu ropa interior, notas como tu cuerpo se prepara para lo que desea, dejándote húmeda y con una sensación de fogosidad, pero en ese momento, tu mente, vuelve a hablar, no es nada nuevo, ¿Qué está pasando?, debes saber quién es y entonces, respiras y
—¿Quién eres? —le preguntas.
El silencio se estira como una cuerda. Oyes su respiración, lenta, y hay algo en esa respiración que reconoces sin poder ubicar, un eco, una presencia que tu cuerpo identifica antes que tu memoria.
—Llevamos años cruzándonos —dice por fin, con una voz tenue y melancólica, cada vez más cerca, tanto que sientes contra tu oído el aliento—. Ascensores en los que miraba el suelo porque no podía mirarte. El café que pedías sin azúcar a las nueve y diez al bajar a desayunar. Aquella reunión en la que no pude apartar los ojos de ti, todo este tiempo que me he sentido perdido. Mil veces a un metro de distancia para poder tocarte. Y mil veces que nunca he tenido el valor de hacerlo.
Cada detalle que te ha dicho encaja, y solo puedes pensar quién puede ser, esa voz que te provoca ha estado cerca de ti y no sabes quién es, solo puedes pensar que no has hecho nada con él, no se ha atrevido a tocarte, esa incertidumbre no te deja avanzar, tu mente imagina a miles de personas por segundo, y no puedes saber quién es.
—¿Y ahora? —le susurras, y esperas una respuesta que necesitas.
—Ahora ya no aguanto más. Me he decidido. —Una pausa exacta, la última antes del filo—. Te deseo, Victoria.
Tu nombre.
Lo dice entero, despacio, paladeándolo, como quien posa por fin sobre la mesa la carta que llevaba toda la partida guardada en la palma. Victoria. Lo sabe. Te conoce. Te conocía desde mucho antes de aquella primera llamada.
Y llega el pensamiento que debería helarte la sangre y que en cambio te derrama un calor líquido por dentro. Y te preguntas: ¿desde cuándo me observa? ¿qué me ha visto hacer creyéndome a solas? ¿cuánto sabe de mí que yo guardaba como mío? Tendrías que tener miedo. Una mujer prudente colgaría y llamaría a seguridad, levantaría los muros que tú estás derribando uno a uno. Pero el miedo, descubres, tiene el mismo sabor que el deseo. Y por dentro, donde nadie te ve, no estás temblando de susto: estás temblando de otra cosa.
Cierras los ojos. Y descubres algo que te marcará: lo prohibido no es algo que te ocurre. Es algo que se elige. Y elegirlo, por primera vez en tu vida, te sabe a poder puro.
Pero ese poder no hace que puedas evitar desabrocharte los botones de la blusa uno a uno, y bajar la mano suavemente quitándote las gotas de sudor entre los pechos, para poder secarte hasta llegar con las yemas de los dedos al ombligo, notas como estas totalmente empapada, pero tus ganas de saber impiden que sigas por ese camino.
—¿Quién eres? —repites, y ahora la voz te tiembla por otro motivo, por algo hondo que ya no puedes ni quieres esconder.
—Alguien que llevaba demasiado tiempo callándolo. —Y baja el tono hasta casi nada, hasta que solo queda el aliento—. Lo demás lo sabrás. Pero no hoy.
Y esa negativa, en lugar de frenarte, te enciende más. Porque no saber quién es lo convierte en cualquiera. En todos. En esa voz que podría pertenecer al hombre del ascensor, al de la reunión, al que se cruza contigo cada mañana sin que tú lo sepas. El misterio no te protege: te desnuda.
En la penumbra, se te curva sola una sonrisa altiva. La voz sensata sigue gritando muy adentro —esto se te va de las manos, Victoria— y por primera vez en tu vida la haces callar. El silencio que deja, esa rendición de tu propia cordura, es lo más delicioso que has sentido nunca.
—Llegas tarde —dices, y la voz te sale de terciopelo, lenta, dueña de cada sílaba—. Porque la mujer que crees que soy, la que se arrepentía de descolgar… ya no existe. Has hecho nacer en mí un valor que ni yo misma sabía que tenía. ¿No quieres decirme quién eres? Piénsalo, porque en este momento no sé si colgar el teléfono o seguir hablando.
Y entonces se hace el silencio. Un silencio espeso, eléctrico, en el que solo se oye su respiración y la tuya, acompasándose sin querer. Los segundos se estiran y cada uno te hunde más en ese calor que ya no disimulas, hasta que ninguno de los dos sabe quién va a romperlo primero. Hasta que él cede.
—¿Y qué decides? —pregunta él, y por primera vez es su voz la que tiembla. Solo tú puedes decidir. Si quieres colgar, cuelga, y no podré hacer nada.
Y esa fragilidad repentina en él —el cazador que de pronto teme perder la presa— te recorre como un escalofrío de poder. Por primera vez no eres tú la que está a merced de nadie.
Miras la puerta de cristal. El pasillo a oscuras. La posibilidad de que alguien aparezca y te encuentre así, encendida, con el teléfono pegado a la cara escondiendo un secreto. No sabes si podrías disimular. Y entonces descubres, con un escalofrío, que es justo ese no deberías lo que te tiene el cuerpo entero en llamas.
—Ya lo has decidido —dice él—. Tu mente te dice que no es lo que debes hacer. Lo sé, me ha pasado todas las veces que he intentado acercarme a ti. Pero tu cuerpo dice otra cosa. Dime la verdad.
No sabes qué hacer. Esa frase te reta a darle la razón a tu cuerpo o a tu mente, y las dos tiran de ti hacia lados opuestos con la misma fuerza.
—No lo pienses, Victoria —sigue él—. Ponte cómoda, gira la silla, aparta la mesa. Solo escucha mi voz. ¿Qué dices?
—¿Qué quieres de mí? —preguntas, girando la silla fuera de la mesa, de espaldas a la ventana.
—Lo sabrás —dice él— cuando yo quiera que lo sepas. ¡Ni un segundo antes!
—Ahora solo piensa en qué te gustaría que te hiciera y abre las piernas poco a poco, baja la mano por tu blusa, hasta el abdomen.
—¿Qué llevas puesto en la parte de abajo? —te pregunta.
—Una falda —le contestas.
—Eso es precisamente el trabajo más difícil —continúa diciéndote—. Ahora súbela poco a poco para poder introducir la mano lentamente en tu ropa interior, ¿notas en tu piel ese tacto suave que tienes?
—Sí, lo noto —contestas tú con deseo.
—Nota cómo te late el corazón cada vez más fuerte y cómo tu respiración se hace más y más rápida cada vez, imagínate que esa mano es la mía y que no puedo parar de acariciarte, no hago nada más que acariciarte por el interior de tus labios, noto cómo te estás humedeciendo y cómo tus labios se están inflamando, tu deseo es cada vez mayor, dime, ¿qué deseas?
Tú, que estás en una situación completamente nueva, viviendo una experiencia que te da valor y coraje para hacer lo que sea, contestas.
—Siento tu mano, siento cómo mi cuerpo se estremece, cómo mi cuerpo está lleno de sudor y estoy preparada para todo, dime qué quieres de mí —con una voz jadeosa mientras poco a poco te estás dando placer.
—Es el momento —dice él—. Ya no puedo aguantar más.
—¿Por qué aguantas? —le contestas, sin poder parar de acariciar todo tu cuerpo.
—Porque las cosas que se desean se aprecian más —comenta él, con voz seria. Y continúa—: Es el momento de colgar. Pero tranquila, que volveremos a hablar. No sé qué día será, pero será sobre esta hora.
Un silencio se crea entre jadeos. Ya no dice nada.
No puedes parar de tocarte, deseas que te toque, que alguien te haga el amor, tienes que apagar ese fuego que te invade dentro. Y que por mucho que acaricias no puedes apagar.
—¿Estás ahí? —preguntas—. ¿Cuándo me llamarás?
Tus dedos no pueden parar de acariciar cualquier parte de tu cuerpo que te produzca placer, y ni siquiera te das cuenta de que ya no está al otro lado: ha colgado el teléfono. No dejas de notar cómo cada vez estás más húmeda. Ya no es cuestión de que te conteste, es cuestión de acabar: quieres llegar al final, apagar el fuego.
Una explosión entre tus muslos te deja en calma. Y entonces caes en la cuenta de que el tono del teléfono lleva rato sonando constante, monótono. Ya no hay nadie al otro lado. Y por un momento lo ves claro: este es el sitio donde habría que poner freno a todo esto.
Estuvo bien mientras duró, piensas. Quizá ya es hora de que pare.
Cuelgas el teléfono. Te quedas en la penumbra, el corazón disparado, la piel todavía zumbando en una nota que no te conocías. Sabes que esta noche, en casa, volverá el arrepentimiento de siempre, la voz que te jurará que esto es una locura, que pares antes de que sea tarde.
Volverá. Lo sabes. Te lo ha dicho.
Pero también sabes —y esto es lo que te asusta, y lo que en el fondo te salva— que mañana volverás a estar aquí, decidiendo en esta misma silla, en esta misma penumbra. Esperándolo a sabiendas. Buscando, con los ojos abiertos, exactamente eso que no deberías querer.
Solo que la próxima llamada… la llevarás tú. Sabes que puedes hacerlo. Y ya no te asusta pedir lo que deseas.
—Continuará—
Te llamó por tu nombre. Y con esas tres sílabas —Vic-to-ria— el mundo entero se te llenó de ojos.
Esa noche no pegaste ojo. Te hablabas a ti misma en la oscuridad como una loca dulce, con la voz de él repitiéndose dentro. Sabe cómo tomo el café. Sabe el ascensor. Me ha visto morderme el labio cuando creía que nadie miraba. Y esa idea, que debería haberte helado la sangre, te derramaba por dentro un calor lento y líquido. No es el deseo lo que no me deja dormir, te confesaste. Es el quién. ¿Quién eres? ¿Desde cuándo? ¿Qué me has visto hacer creyéndome sola? Cada pregunta te encendía un poco más, y ninguna tenía respuesta. Y así, en vela, comprendiste que el misterio no te daba miedo: te tenía fascinada.
A la mañana siguiente te sorprendiste frente al armario más tiempo del necesario. La de siempre no, te oíste pensar. Esta otra. La falda que dibuja al caminar. Es el calor, Victoria. Es solo el calor. Mentira, y lo sabías. Dejaste un botón sin abrochar —solo uno— y al mirarte al espejo te dijiste muy bajo, casi sin mover los labios: no te estás vistiendo para ti. Y sonreíste. Esa fue la primera rendición del día, tan pequeña y tan enorme: elegir la ropa para unos ojos que no sabías dónde estaban.
El autobús iba lleno. Y por primera vez no bajaste los ojos al móvil: los levantaste. Mirabas a los hombres. A todos. Y por dentro no callabas. ¿Serás tú? ¿O tú? El que leía sin pasar de página. El que se agarraba a la barra y apartaba la vista demasiado rápido. Los ojos del conductor en el espejo, un segundo. Podría ser cualquiera, pensaste, con un escalofrío. Y por eso, de pronto, lo son todos. El misterio no te protegía: te desnudaba en mitad de un autobús a las nueve de la mañana.
El martes fue él.
No lo buscaste. Apareció. Subió en la tercera parada, con el autobús ya lleno, y se quedó de pie justo a tu lado, agarrado a la barra por encima de tu asiento. Y lo primero que viste —lo único que viste durante un rato larguísimo— fueron sus manos.
Una mano grande, tranquila, cerrada sin prisa sobre el metal. El antebrazo con la manga remangada, una vena marcándose cuando el autobús frenaba y él aguantaba el peso. Unas manos así, pensaste, y se te secó la garganta, unas manos así fueron las que imaginé bajándome por el cuello aquella primera tarde. Y ya no pudiste desver la escena: esa mano, esa exacta, abriéndote el primer botón despacio, sin permiso y con todo el permiso del mundo.
El autobús arrancó y los cuerpos se mecieron todos a la vez, como hacen los desconocidos, y por un segundo su antebrazo te rozó el hombro. Solo eso. Un roce de nada, de tela y de piel tibia, y sin embargo lo sentiste bajar por dentro, muslo abajo, como si te hubiera tocado en otro sitio muy distinto. Deberías apartarte, Victoria. No te apartaste. Cruzaste las piernas muy despacio, notando la falda tirante, y te quedaste ahí, quieta, robándole el calor a un extraño.
Él no te miró. O te miró una vez, un instante, y apartó los ojos enseguida —demasiado rápido—, y esa fue tu perdición. ¿Serás tú?, le preguntaste sin voz, con el corazón golpeándote el cuello. ¿El que me tiene a un metro mil veces y nunca se atreve? No lo sabías. No podías saberlo. Y no saberlo lo convertía en la voz, en el del ascensor, en todos a la vez.
Bajaste dos paradas antes, huyendo, con las mejillas ardiendo y las piernas temblándote un poco. Y te lo llevaste puesto todo el día. En cada silencio, sus manos. En cada reunión, ese roce.
Y llegó la noche. Y fue peor.
El calor no se iba; se te había metido en el cuerpo y no había manera. Diste vueltas por casa, bebiste agua, te asomaste a la ventana. Nada. Ya está, Victoria. Sé cómo se apaga esto. Una ducha fría. Eso era. Agua helada, dos minutos, y a dormir como una persona normal. Te lo dijiste con la seguridad de quien tiene un plan, casi con alivio. Una ducha y se acabó la tontería.
Qué equivocada estabas.
El primer chorro cayó frío de verdad, y por un segundo funcionó: un escalofrío limpio, la piel cerrándose, el respiro. ¿Lo ves? Pero solo un segundo. Porque enseguida el agua dejó de ser agua. Empezó a bajarte por los hombros, a resbalar espalda abajo siguiendo la curva, y cada reguero encendía en vez de apagar. Esto era para enfriarme, pensaste, para… para…, y no terminaste la frase, porque el chorro te encontró la nuca y de la nuca bajó al pecho y ya no pudiste pensar en frases.
Echaste la cabeza atrás y dejaste que te diera de lleno. El agua te recorría el cuello despacio, se abría en dos hilos que bajaban entre los pechos, y por donde pasaba te iba dejando la piel viva, tirante, despierta. Basta, dijo muy floja la voz sensata. Sube el agua más fría. La subiste. Y el frío, en la piel ardiendo, en vez de calmarte, fue una descarga: un latigazo delicioso que te dobló un poco las rodillas y te arrancó un suspiro que no reconociste como tuyo.
Apoyaste las dos manos en los azulejos —ahí, las dejaste ahí, sujetándote, porque sabías que si las movías de la pared ya no habría vuelta atrás— y te quedaste bajo el chorro, ofreciéndole el cuerpo. Dejando que fuera el agua. El agua bajándote por el vientre, rompiéndose contra las caderas, buscando sola el camino muslos abajo, insistente donde más ardías, sin que tú tuvieras que hacer nada. Y lo entendiste: no hacía falta tocarte. Solo hacía falta rendirse.
Cerraste los ojos, y entonces el agua tampoco fue agua. Fue él. Las manos del autobús. La voz del teléfono. Esa sombra sin rostro que lo sabía todo de ti y que ahora te recorría entera, lenta, paciente, tardando una vida en cada tramo, susurrándote quédate en el borde, ahí donde todo tiembla y nada ha pasado aún. Y te quedaste. Dios, cómo te quedaste. En el filo, mordiéndote el labio bajo el agua, sin avanzar y sin poder retroceder, negándote a ti misma el final igual que él te lo negaba, y descubriendo —con un vértigo nuevo— que esa espera era casi más placer que el placer.
Cuando por fin cerraste el grifo, te quedaste quieta, chorreando, la frente apoyada en los azulejos fríos y la respiración rota, sin haberte permitido llegar. Temblando de puro deseo contenido. Ni siquiera he tenido que tocarme, pensaste, y esa idea te encendió otra vez, imposible.
No te habías apagado. Te habías prendido entera.
Así fue la semana. El miércoles, en una reunión, dejaste de oír el informe para oír los tonos de las voces: este arrastra las eses… aquel habla más hondo… ¿y si detrás de esa corbata se esconde la boca que me susurra? El jueves, en el ascensor, contuviste la respiración cuando un compañero entró detrás de ti y el silencio se hizo espeso; contaste los pisos rogándole por dentro di algo, una palabra, deja que te reconozca. No dijo nada. Salió sin mirarte, y no supiste si respirar de alivio o de rabia. En la cola del café de las nueve y diez estudiabas las nucas, las voces. Cada hombre era una pregunta.
Y el teléfono, mudo. Toda la semana.
Esa era la tortura más dulce. Cada tarde, a las seis y diez clavadas —su hora—, tu cuerpo se giraba hacia el aparato como una flor busca el sol. Y cada tarde el segundero pasaba de largo, indiferente. Te ibas a casa vacía, furiosa por estar vacía, y por la noche volvía puntual la voz sensata con su sermón: esto es una locura, se acabó, no vuelvas a esperarlo. Le dabas la razón entera. Y a la mañana siguiente tu mano, sola, volvía a elegir la falda que dibuja.
El séptimo día te rendiste de verdad. O eso te juraste.
Hoy nada, Victoria. Recoges, te vas a casa y cierras esto para siempre. Trabajaste con la cabeza gacha, sin levantar los ojos hacia el teléfono ni una vez, orgullosa de tu frialdad recién estrenada. El edificio se vació piso a piso. La luz grande apagada, solo la lámpara baja, las sombras estirándose por el escritorio.
Las seis y diez.
Y por primera vez en una semana, no miraste el reloj. Seguiste recogiendo. ¿Lo ves? Se puede. Guardabas papeles, cerrabas cajones con una calma que casi te creíste. Las seis y once. Las seis y doce. El silencio limpio, sin nadie al otro lado, sin nadie mirándote. Libre. Recogiste el bolso. Apagaste la lámpara. Y te dijiste, ya casi en la puerta, con una punzada que no supiste si era alivio o duelo: mejor así.
Las seis y cuarto.
El teléfono sonó.
—Continuará—
El teléfono sonó a las seis y cuarto. Y esta vez lo miraste.
Vibraba sobre la mesa, insistente, con esa vibración que llevaba una semana entera domándote el cuerpo. Notaste el tirón de siempre —la mano que quería descolgar, el calor subiendo—, y por primera vez… no te moviste. Lo dejaste sonar. Una vez. Dos. Y en la tercera te oíste decir, en voz baja pero firme, dueña de cada sílaba:
—No, Victoria. Esto se acabó.
Cogiste el bolso. Apagaste la lámpara. Y cruzaste la puerta de cristal sin mirar atrás, con el teléfono todavía sonando a tu espalda, a oscuras, para nadie. Cada paso por el pasillo vacío fue una liberación. Se acabó de verdad, pensaste, y esta vez la voz sensata no tuvo que convencerte de nada: lo habías decidido tú. Y decidir, por fin, te supo a libertad pura.
El sábado te despertaste ligera.
El sol entrando por la ventana, el cuerpo descansado, y una sensación que no reconocías después de tantas semanas: ganas de vivir. Sin teléfono acechando, sin las seis y diez, sin preguntarte quién te miraba. Sonreíste sola, estiraste el cuerpo entre las sábanas —esta vez sin que pesaran distinto— y decidiste regalarte el día. Un balneario. Agua, calor, silencio. Celebrar que habías recuperado algo que creías perdido: a ti misma. El juego sensual de aquel desconocido se había adueñado de ti —la pasión que despertaba lo prohibido, un placer superior a todo lo que habías vivido—, pero ya estabas fuera de ese hechizo. Habías tomado la decisión que creías correcta, y volvías a ser tú quien decidía cuánto sitio le dabas a tu sexualidad: ni más, ni menos del que de verdad querías.
Y allí, durante horas, fuiste libre de verdad. El vapor, las manos de la masajista deshaciéndote los nudos de la nuca, el agua templada llevándose lo que quedaba de aquella locura. No pensaste en él. Ni una vez. Ves como se podía, te decías, flotando con los ojos cerrados. La decisión estaba tomada, y el cuerpo por fin te la agradecía.
Hasta que entraste en las duchas.
Cabinas de cristal, la tuya al fondo, el agua caliente cayéndote por los hombros, el vaho empañando las paredes, aislándote de la gente de la piscina: un momento tuyo de verdad para disfrutar. Cerraste los ojos y echaste la cabeza atrás, tranquila, entera. Y entonces, entre el rumor del agua, muy cerca, casi contra tu oído, lo oíste:
—Victoria… cógeme el teléfono, por favor.
Su voz. Grave. Suave. Imposible.
Abriste los ojos de golpe. Notaste cómo el corazón se te aceleraba y apoyaste la mano abierta en el cristal empañado, buscando lo que no podía ser cierto, mirando a través del vaho hacia las otras cabinas. No había nadie. Solo vapor, agua, y tu propia respiración disparada. Estaba en tu cabeza. Lo sabías. Y aun así lo habías sentido tan real, tan pegado a la piel, que se te doblaron un poco las rodillas.
Y ahí, bajo el chorro, empezó a desmoronarse todo lo que habías construido en dos días.
Porque no te habías librado de nada. Lo entendiste con un vértigo frío mientras el agua caliente te resbalaba por el cuerpo: no era el teléfono lo que te tenía atrapada. Eras tú. Era este calor que volvía como una marea, más fuerte por haber intentado ahogarlo, subiéndote por dentro justo donde el agua no llegaba a apagarlo. Deslizaste la espalda por el cristal y te dejaste ir hasta quedar de rodillas en el suelo de la ducha, con la frente apoyada en la pared, el agua cayéndote encima, y la cabeza a mil: ¿qué me pasa? ¿por qué no puedo? lo dejé, me fui, gané… y estoy aquí, en el suelo, temblando por una voz que ni siquiera está. ¿Será mi imaginación? ¿O de verdad estaba aquí?
Te quedaste así un rato largo, arrodillada, deshecha, dándole vueltas hasta rendirte a no entender nada. Tú, que ayer colgabas primera y mandabas. Hoy, por los suelos, por una llamada que no habías querido coger.
Cuando por fin cerraste el grifo, te quedaste un momento inmóvil, chorreando, con las piernas todavía flojas. Cogiste la toalla. Solo querías secarte y marcharte, cerrar el día como una tarde cualquiera. Pero la piel te había quedado tan despierta que las gotas que se descolgaban de tu pelo parecían las caricias de unas manos resbalando por tu espalda, por la curva de la cintura, despertando rincones que no imaginabas que una simple gota pudiera encender. Se acabó, me seco y me voy, te dijiste, tomando las riendas. Pero el primer roce del tejido áspero contra los hombros te arrancó un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío.
Bajaste la toalla despacio. Por la nuca, por las clavículas, y notaste cómo la rugosidad se enganchaba en cada centímetro de piel mojada y sensible, encendiéndola a su paso. No era secarte. Era otra cosa, y lo supiste sin querer saberlo. Cuando el tejido áspero cruzó por el pecho contuviste el aire, y en vez de apartarlo… fuiste más despacio. Dejaste que la aspereza se demorara donde no debía, una vez, y otra, mordiéndote el labio, con los ojos entrecerrados y la respiración cada vez más rota. Tu propia mano te estaba haciendo lo que llevabas semanas imaginándote de la suya.
Y ya no hubo vuelta atrás. La toalla bajó por el vientre rozándote entera, y cuando llegó ahí abajo —a esa zona que el deseo llevaba toda la ducha despertando, hinchada, palpitante, tan a flor de piel que hasta el aire pesaba sobre ella—, el roce áspero del tejido te recorrió como una descarga y te dobló por dentro. No era dolor. Era justo lo contrario. Estabas tan sensible que una simple toalla te arrancó un gemido ahogado, y tuviste que clavar la mano libre en la pared para no caerte.
Te quedaste así, la frente contra el azulejo frío y el cuerpo ardiendo, dejando que la aspereza volviera. Otra vez. Y otra. Cada pasada te subía más alto, te tensaba esa cuerda que él te había enseñado a habitar, ese borde donde todo tiembla y nada ha pasado aún… solo que hoy no te quedaste en el borde. Hoy te dejaste caer. Rindiéndote como quien vende el alma sin pensárselo dos veces —sabiendo que no debías deshacerte así por una voz sin rostro, en un vestuario a media luz, con gente a unos metros al otro lado de la pared—, y descubriendo que ese no deberías, ese peligro de que alguien te oyera, era justo lo que te empujaba más hondo. El calor se te fue juntando en una ola lenta, imparable, que subía y subía y no te dejaba respirar, hasta que te faltó el suelo bajo los pies. Y cuando por fin rompió, te mordiste la mano para no hacer ruido, temblando entera, sola, deshecha, con esa voz sin rostro latiéndote en cada centímetro de la piel. No pronunciaste ningún nombre, porque no lo tenías. Solo lo suyo, sin sílabas. Y esa fue la parte más vertiginosa de todas: derretirte hasta el final por alguien que ni siquiera sabías si existía.
Te miraste en el espejo empañado, con el pelo goteando y las mejillas encendidas, y dijiste en voz alta lo que llevabas dos días negándote:
—Llama otra vez. Por favor, seas quien seas, quiero conocerte.
No lo decidiste. Te salió solo, en un hilo, como una súplica. Y en cuanto lo dijiste, supiste que estabas perdida: que el lunes volverías a esa silla, a esa penumbra, no a cazar como creías… sino a esperar. Con más ganas que nunca. Deseando, con toda el alma, que sonara el teléfono.
Habías cruzado la puerta creyéndote libre.
Y no habías salido nunca.
—Continuará—
El lunes volviste a la silla. Tal como te lo prometiste en el espejo empañado del balneario, tal como sabías desde que la palabra quiero conocerte se te escapó sola y ya no la pudiste tragar. No fue una rendición: fue una decisión con día y hora. Sabías lo que querías de verdad, e ibas a ir a por ello.
Dieron las seis. Despachaste al último compañero con la misma sonrisa de siempre, esa tierna, atenta, que todos conocían. Porque eras, para todos, la de siempre: la que preguntaba por los hijos de la de contabilidad, la que se quedaba cinco minutos más para escuchar al becario nervioso, la que nunca levantaba la voz ni pedía nada para sí. Toda la vida habías sido el hombro, nunca el deseo; la buena, la correcta, la que jamás cruzaba una raya. Por eso lo que te latía por dentro desde hacía semanas te desconcertaba tanto: no encajaba con la mujer que todos creían conocer. Ni con la que tú creías ser.
Apagaste la luz grande y dejaste solo la lámpara baja, esa penumbra que tu cuerpo ya anhelaba y que sabía perfectamente adónde te llevaba. Y esperaste. Pero no como antes, con miedo; ahora esperabas con ganas de descubrir esa diferencia en ti misma que te asustaba más que la propia llamada. ¿En qué me estoy convirtiendo?, pensaste. Y por dentro, muy sutil, una voz que ya no era la sensata te respondió: siempre te han dicho que esto estaba mal, que una no se expone así. ¿Y si no fuera verdad? ¿Y si siempre he sido así, y nunca me han dejado serlo?
Las seis y diez. El teléfono volvió a sonar, tal y como lo deseabas.
—Has vuelto —dijo la voz, y había ternura debajo del terciopelo.
—Lo sé. Me lo prometí. Lo dije en voz alta, sola, como una tonta: quiero conocerte. —Te tembló la voz al final, y odiaste que se notara—. Así que ahora te toca a ti.
Un silencio largo. Por primera vez lo sentiste descolocado, agarrado a su propio misterio como a un salvavidas.
—Me toca, sí —dijo—. Pero no hoy. Hoy quiero que entiendas que esto no es un juego. Y antes de saber quién soy, tienes que aprender algo: que a veces las cosas no son como se ven, y que lo que se ve no es lo que parece. —Bajó el tono—. Porque el día que me pongas cara, ya no vas a poder desearme así de libre. Y esta libertad es lo único que llevo toda la vida sin permitirme.
Otra vez. Esa manera suya de decir cosas que sonaban a confesión disfrazada de caricia. Se te quedó clavada sin saber por qué.
—Te sienta bien tomar la iniciativa por fin —siguió—. ¿Cómo fue en el balneario? ¿Crees que ya habías decidido ser tú de una vez? Esa espalda que se te soltó bajo el agua, el pelo goteando, lo que le dijiste al espejo creyéndote sola… solo imaginarte con el agua resbalándote por la espalda me enciende.
Se te cortó el aire. No preguntes si estaba, te habías jurado. Pero daba igual: la idea sola ya te encendía, y él lo sabía, y tiraba de esa cuerda con una calma que te desarmaba.
—No juegas limpio —susurraste.
—Ninguno de los dos —y casi se le notó la sonrisa—. Mañana, a esta hora. No te quedes con excusas de trabajo: quédate porque quieres. Y ponte cómoda antes de sentarte. Mañana no voy a hablar apenas. Mañana mandas tú en tu cuerpo, y yo solo pongo las palabras. Quiero ver hasta dónde llegas tú sola. Y según hasta dónde llegues… te daré una sorpresa.
Colgó. El teléfono se quedó mudo, como el resto de la oficina, y te dejó en ese punto en el que no sabías si arder de ganas por el mañana o rabiar por seguir sin saber quién era. Una noche más dando vueltas en la cama, con las sábanas pesándote sobre el cuerpo, pidiendo un adelanto de lo que él te había prometido para el día siguiente.
El martes fue un día como otro cualquiera, con una sola diferencia: estabas convencida de que hoy ibas a mandar tú, y de que había muchas posibilidades de que por fin te dijera quién era. Fuiste a la oficina en autobús, como siempre, mirando de reojo a cada hombre que pudiera estar mirándote, preguntándote si alguno de ellos sería la voz.
Llegaste distinta. Te lo habías puesto a propósito —algo suave debajo de la ropa de trabajo, algo que él no vería y que aun así te cambiaba el modo de sentarte—. Despachaste a todos antes de hora. Cerraste con llave el cajón de la cordura. Y esta vez, cuando sonó el teléfono, ya lo estabas mirando.
—Aquí estoy. Y hoy no me llevas tú —dijiste—. Hoy me llevo yo, y tú escuchas.
Se rió, bajo, entregado.
—Enséñame, entonces.
Y lo hiciste. Subiste un pie a la mesa y dejaste el otro en el suelo, reclinando la espalda hacia atrás con una confianza que una semana antes no habrías reconocido como tuya. Hoy ibas a ser tú quien pusiera las palabras, quien le contara en voz alta lo que hacías y por qué. La falda cediendo, la penumbra de cómplice.
—Presta atención —susurraste, y hasta a ti te sorprendió lo grave que te salió la voz—. Empiezo por el abdomen. Solo lo rozo, así, con las yemas, y noto el temblor ese que sube cuando algo te da dentera… pero de placer.
Al otro lado, silencio. Un silencio que escuchaba con todo el cuerpo.
—Subo el top, despacio. Quiero notarme la mano caliente sobre la piel. La meto por debajo. No llevo nada debajo, ¿sabes? Y mientras te lo cuento… no soy yo la que se toca. Son tus manos. Tus manos las que me aprietan aquí, y luego bajan al muslo.
—Sigue —murmuró él, y la palabra le salió rota—. No pares de contármelo.
Y no parabas. Le ibas nombrando cada cosa medio segundo antes de hacértela, y él te seguía medio segundo después, repitiéndola, y esa sincronía —tú delante, él detrás, sin tocarte y tocándote— era más íntima que ninguna mano que hubieras conocido. El calor te subió despacio, honesto, sin prisa por llegar. Dejaste caer la cabeza contra el respaldo, cerraste los ojos, y un suspiro largo llenó ese hueco que faltaba para que todo empezara de verdad.
Notabas la temperatura subiéndote por dentro, capa sobre capa, como agua caliente llenando despacio una bañera. Te detenías en el borde a propósito, porque él te había enseñado que el placer no está en llegar sino en aguantar hasta que el cuerpo te lo suplique, y ahora eras tú quien jugaba a eso, quien se retiraba un instante solo para volver con más ganas. Te oíste jadear en el silencio de la oficina sin ningún pudor, porque estabas sola, porque por fin estabas sola y podías ser lo que quisieras sin que nadie te juzgara.
—Di mi nombre —le pediste, y era una orden y una súplica a la vez.
—Victoria —lo pronunció despacio, entero, como se sostiene algo que se teme dejar caer—. Victoria.
Y tu nombre en su boca te empujó otro escalón. La voz te acompañaba en cada subida, murmurándote al oído a través del cable, y tú ya no sabías dónde acababa tu respiración y empezaba la suya.
—Ahí —dijo, y también él temblaba—. No pares ahora. Déjame oírte llegar. Necesito oírte llegar, y llegar contigo. Y cuando lo hagas… te prometo que voy a sorprenderte.
No parabas. Ibas a llegar. Por primera vez ibas a llegar con él escuchándote, y esa idea te empujó hasta el mismísimo filo. Los jadeos se te subían, más altos, sin reprimir nada; la mano no se detenía, los dedos, el cuerpo entero estremeciéndose en oleadas cada vez más cortas, más juntas, ese punto de luz a punto de estallar—
La puerta.
El clic de la cerradura cortó el aire como un cuchillo, y un rectángulo de luz del pasillo cayó sobre la moqueta.
—¿Victoria? —La voz de tu jefe. Real. De carne. A unos metros—. ¿Te ocurre algo? He oído unos gritos…
Se abrió del todo. Y te encontró así: con las piernas abiertas, la mano metida dentro de tu ropa interior, notando cómo esa humedad dejaba viscosos tus dedos, cómo una gota ligera de sudor bajaba entre tus nalgas hasta morir en el coxis. Sofocada, el pecho subiendo y bajando a toda prisa, el pelo pegado a la frente y los ojos vidriosos girándose despacio hacia el umbral, sin saber cómo reaccionar.
Y desde muy adentro te subió a la garganta la única pregunta que llevabas días ardiéndote por dentro, la misma que le suplicaste al espejo. Miraste la silueta recortada a contraluz, el corazón golpeándote donde acababa de estar el placer, y se te escapó en un hilo roto:
—¿Eres tú?
El teléfono resbaló de tu mano y golpeó el suelo con un ruido sordo.
Te quedaste expuesta, sin palabras, con un rubor apenas visible pero con una timidez que te desbordaba. Y entonces, encima del bochorno, subió otra cosa: la rabia.
—¿Lo sabías? ¿Sabías que era yo? —le soltaste, y te temblaba la voz de indignación—. ¿Por qué me haces esto, pudiéndomelo haber dicho? —No salías de tu asombro. La sensación no era buena, te sentías vulnerada, al descubierto… y aun así el corazón no dejaba de palpitarte con fuerza.
Allí, perplejo en la puerta, tu jefe te miraba y balbuceaba con voz temblorosa:
—Victoria, es que… yo…
Te levantaste de golpe para recomponerte, para poner cada cosa en su sitio, y al agacharte a recoger el teléfono del suelo, la voz seguía saliendo del auricular caído. Tenue. Lejana. Y de pronto, tensa, alarmada:
—¿Con quién hablas? ¿Hay alguien ahí?
Y por un instante te quedaste suspendida entre los dos: la voz diminuta latiéndote en la palma de la mano, y el hombre de carne y hueso, mudo, en el umbral. Dos presencias, un solo misterio, y tú en medio, con el cuerpo aún caliente y el alma al descubierto.
No te hizo falta pensarlo. Lo entendió tu cuerpo antes que tu cabeza, como un vértigo: quienquiera que llevara semanas desnudándote con las palabras no era el hombre que acababa de cruzar esa puerta. Él estaba ahí, delante, sin teléfono. Y la voz seguía sonando en tu mano.
—Victoria, es que… —volvió a intentar tu jefe. Y otra vez no terminó la frase, como si lo que tuviera que decir no cupiera en ese pasillo.
Y en tu palma, la otra voz —la que no tenía rostro y ahora tampoco tenía culpable— insistía, cada vez más tensa, casi humana por primera vez:
—Dime que no hay nadie. Victoria. Dime que estás sola.
Pero no dijiste nada. Porque en ese silencio, temblando, medio desnuda y sin embargo extrañamente entera, caíste en la cuenta de algo que lo cambiaba todo: por primera vez no eras tú la que estaba perdida. Eras la única de los tres que empezaba a atar los cabos.
Y ninguno de los dos —ni el que callaba en la puerta, ni el que suplicaba en tu mano— sabía aún lo que ibas a hacer con eso.
—Continuará—
Hay noches que parten una vida en dos, y tú todavía no sabías que estabas dentro de una.
La situación amenazaba con írsete de las manos. La oficina a oscuras, la puerta de par en par, un rectángulo de luz cayéndote encima como un foco que no habías pedido. A un lado, un hombre de carne y hueso plantado en el umbral, mudo. Al otro, en la palma de tu mano, una voz sin rostro que llevaba semanas desnudándote el alma sin rozarte siquiera la piel. Todo lo que habías escondido durante años —las llamadas, la penumbra cómplice, la mujer nueva que despertaba dentro de ti a las seis de la tarde— acababa de derrumbarse a la vez, en cinco segundos, delante de la última persona que debía verlo.
Y sin embargo. Por debajo del pánico, por debajo del rubor y de las manos temblando, algo en ti no temblaba. Tu cuerpo —ese que llevaba semanas aprendiendo a mandar— sabía exactamente qué hacer, aunque tu cabeza aún no se hubiera puesto de acuerdo. Porque de los tres que estabais en esa habitación, empezabas a intuir algo que lo cambiaba todo: la única que no estaba perdida eras tú.
Estabas medio deshecha, y lo sabías. La falda subida hasta la cintura, la ropa interior a media pierna, los muslos aún apretados sobre un calor que la puerta había cortado en seco pero no apagado. Cualquier otra noche te habrías muerto de vergüenza; te habrías tapado a manotazos, habrías balbuceado una disculpa y habrías salido corriendo a esconderte. Pero esta noche no. Mientras te bajabas la falda muy despacio, mientras te recomponías la ropa con unos dedos que seguían temblándote —no de miedo, sino de todo ese fuego que no había terminado de salir—, no bajaste los ojos. Los mantuviste clavados en el hombre del umbral. Y fue él quien apartó la mirada.
—Victoria, déjame que te explique —dijo, dando medio paso, la voz rota—. He venido porque… llevo tiempo queriendo decirte una cosa. Hoy me he decidido, y…
—Mañana.
Una sola palabra. Te salió temblando, sí, pero con un filo debajo que lo hizo callar en seco. Dicha por la Victoria de siempre —la buena, la correcta, la del hombro— y sonando de pronto a otra cosa.
—Vete a casa —añadiste, más suave, casi con pena—. Sea lo que sea lo que venías a decirme, hoy no. Hablaremos mañana.
Dudó. Abrió la boca. La cerró. Y se fue, con esa confesión a medias todavía atragantada, dejando que el rectángulo de luz del pasillo se estrechara hasta apagarse. El clic de la puerta. Y otra vez el silencio, solo tuyo.
Solo entonces te llevaste el teléfono a los labios. Pero no para obedecer a la voz. Para acabar con ella.
—Sigues ahí —dijiste. No era pregunta.
—Sigo —respondió, y por primera vez sonaba pequeño—. Victoria, dime qué ha pasado. Dime que estás bien.
—Ha pasado que se acabó. —Lo soltaste con una calma que te sorprendió hasta a ti—. El teléfono, la penumbra, las palabras a distancia: se acabó. Me tienes a cien, tan cachonda que no puedo ni pensar, ¿y sabes qué he descubierto esta noche, con mi jefe plantado en esa puerta? Que ya no me vale tu voz. Que quiero verte. Que quiero saber quién eres.
Un silencio denso al otro lado.
—Y si no quedas conmigo —te lo jugaste entero, el corazón en la boca—, me voy. Cuelgo, no vuelvo a sentarme en esta silla, y no me oyes nunca más. Elige.
Lo oíste respirar hondo. Y cuando habló, ya no había terciopelo ni juego: había verdad desnuda.
—No. No pienso perderte otra vez. —Ese otra vez se te clavó en algún sitio hondo, pero no te dio tiempo a sostenerlo—. Está bien, Victoria. Esta noche. Pero será bajo mis condiciones, y me las vas a aceptar. Escúchame bien, porque no te lo voy a repetir y no tenemos otra forma de hablar: no hay mensajes, no hay pantallas entre tú y yo. Solo esto. Solo esta voz.
Cerraste los ojos y escuchaste.
—El bar de la esquina de tu oficina. Ese por delante del que pasas todos los días sin mirarlo. A las diez de la noche. Entras, preguntas por la sala del fondo, y allí te estará esperando lo que necesitas. Haces exactamente lo que diga la nota que vas a encontrar. Ni una cosa más, ni una menos. Si a las diez y cuarto no has cruzado esa cortina, entenderé que has elegido no saber. Y no habrá otra noche. ¿Lo has entendido?
—Sí —dijiste. Y colgaste. Tú. Le colgaste tú a él, y el gesto te supo a poder.
Las horas que faltaban hasta las diez se te hicieron eternas. Y en mitad de esa espera, un pinchazo frío: mañana. Mañana tendrías que mirar a tu jefe a los ojos y darle una explicación. Pero mañana quedaba lejísimos. Esta noche eras otra.
A las diez menos cinco estabas delante del bar. De noche tenía otra cara. Un camarero que no preguntó nada te señaló el fondo: una sala reservada tras una cortina pesada de terciopelo granate. Entraste. Penumbra tibia, una lámpara baja, el rumor del local quedándose fuera.
Sobre el asiento te esperaban dos cosas. Un antifaz negro, de tela suave. Y en un rincón, discreta, una cámara pequeña con una lucecita parpadeando despacio, mirándote. Al lado, una nota de letra firme:
"Póntelo y espera. No tengas miedo. Esto lo decides tú: si te lo pones, es porque quieres. Si sales por esa cortina, lo entenderé, y nunca sabrás quién soy."
Miraste el antifaz un tiempo que no supiste medir. La cámara te miraba a ti. Y lo entendiste: quería verte sin dejarse ver, que te entregaras a ciegas, que confiaras del todo. La cortina estaba a un paso. Podías irte. Pero tu cuerpo ya había decidido, como decidía últimamente antes que tú.
Te lo pusiste.
El mundo se volvió negro y tibio, y de golpe el resto de tus sentidos se encendió como si alguien hubiera subido un dial: el roce de la tela en los párpados, tu respiración llenándote los oídos, el crujido del asiento, el peso dulce de la espera. No ver lo hacía todo más grande. Más tuyo. Sabías que la lucecita seguía ahí, en el rincón, guardándote, y en vez de encogerte pensaste: que mire. Que me vea entera. Y esa idea —la de ser mirada sin poder mirar— te apretó por dentro como una mano.
La cortina se movió. Pasos lentos. Y entonces, muy cerca, su voz —esa voz— por primera vez sin cable de por medio: real, tibia, rozándote la oreja.
—Estoy aquí, Victoria. Estoy aquí para que veas que soy real. Que existo. Que te deseo.
Te cogió la mano despacio y te la llevó al centro del pecho. Bajo la palma lo notaste: el golpeteo, rápido, desbocado, humano.
—¿Lo sientes? Es mi corazón. Así de acelerado, solo por tenerte cerca. Esto no es un juego. Déjame tocarte. Déjame acariciarte. Y descríbeme lo que sientes, como al teléfono… pero ahora de verdad.
Su mano libre subió a tu mejilla y bajó por el cuello, y tú, a ciegas, echaste la cabeza atrás para dársela entera.
—Siento… —te salió ronca la voz, sin pudor— que llevo toda la vida esperando que alguien me tocara así. Sin prisa. Como si yo importara.
—Importas —dijo él contra tu piel—. Sigue. No dejes de contármelo. Necesito oírtelo.
Sus dedos bajaron por el escote, apenas rozando, y la piel se te erizó a su paso como un campo cuando lo cruza el viento. Cada caricia llegaba doble: la del roce y la de no saber por dónde vendría la siguiente. La oscuridad lo multiplicaba todo. Te fue desnudando despacio, prenda a prenda, deteniéndose en cada centímetro de piel nueva, esperando, y tú notabas su aliento calentándote un segundo antes de que llegara la boca. Esa antesala te volvía loca.
—Ahora bajas —le ibas narrando, medio segundo antes de que su mano llegara, igual que él te había enseñado, solo que ahora temblabas de verdad—. Bajas por el vientre, y noto ese escalofrío que sube cuando algo te da dentera… pero de gusto.
—Todavía no —murmuró, y notaste su sonrisa contra tu cuello—. Primero vas a suplicarlo.
Y lo hizo suplicable. Te llevó hasta el filo y se retiró, una vez, y otra, esa crueldad dulce que él mismo te había enseñado por teléfono y que ahora, con las manos, era mil veces peor y mil veces mejor.
Y en algún momento se te subió a las manos una tentación feroz: arrancarte el antifaz. Verlo. Saber. Tenías la tela a un tirón de dedos, y con ella el final del misterio. Pero no lo hiciste. Porque entera, a ciegas y más lúcida que nunca, entendiste al fin lo que él te había avisado la primera vez: que el día que le pusieras cara, dejarías de desearlo así de libre. Y esa libertad —la de ser por fin la mujer que el cuerpo te pedía— era lo único que llevabas la vida entera sin permitirte. Así que apretaste los dedos sobre el borde del antifaz… y lo dejaste donde estaba. Elegiste no ver. Elegiste seguir ardiendo.
Y entonces sus dedos encontraron el borde de tu ropa interior y la fueron bajando, muy despacio. Las piernas te temblaron sin que pudieras evitarlo: sabías lo que venía, sabías que su mano estaba a un suspiro de rozar la parte más sensible de ti, y esa espera —ese medio segundo eterno— fue casi peor que la caricia.
Cuando por fin te tocó, contuviste el aire. Su mano era suave y ardiente a la vez, y la notabas bajar por el vientre, por el pubis, sin prisa, midiendo cada centímetro como quien no quiere llegar demasiado pronto a lo que más desea. Todo te ardía. Notabas la sangre agolpándose, hinchándote, latiéndote en cada pliegue, y cómo lo más íntimo de ti —sin que tu cabeza diera la orden— se abría para él, húmedo y palpitante, preparándose para recibirlo, pidiéndolo con un lenguaje que no tenía palabras.
—Ahora —le suplicaste, y ya no te reconocías la voz—. Por favor. Quiero ser tuya.
Y su mano se detuvo.
Notaste su frente apoyarse en tu sien, su respiración tan rota como la tuya, y por un instante creíste que era él quien no iba a poder frenar.
—Victoria… —dijo, y le temblaba la voz de deseo contenido—. No sabes cuánto te deseo. No te lo puedes ni imaginar. Pero aún no es el momento. —Tragó saliva, y notaste el esfuerzo que le costaba cada palabra—. Si sigo ahora, no voy a poder parar. Y hay cosas que tienes que saber antes de que eso pase. Así que vamos a frenar aquí. Te llamaré. Y continuaremos con lo otro.
Te quedaste temblando en la oscuridad, con el antifaz todavía puesto, el cuerpo entero suplicando lo que él acababa de negarte. Y en esa frustración —cruel, deliciosa, insoportable— entendiste que te había atrapado más que nunca: porque ahora ya no solo querías saber quién era. Ahora lo necesitabas.
Notaste cómo se apartaba. Un roce de sus labios en tu frente, casi tierno, y su voz una última vez, muy cerca:
—No te quites el antifaz hasta contar veinte. Es lo único que te pido. Confía.
Y contaste. Uno, dos, tres… con el cuerpo entero temblando, con lo más íntimo de ti latiendo a un ritmo que no habías pedido, escuchando cómo la cortina se movía y sus pasos se perdían en el rumor del bar. …Veinte. Te quitaste el antifaz. El reservado estaba vacío. Solo quedabais tú, la lámpara baja y, en el rincón, la lucecita de la cámara, que se apagó despacio, como un ojo que se cierra satisfecho.
La calle te recibió fría, pero por dentro seguías ardiendo, y ese ardor no bajaba. Al contrario. Cada paso, el roce de la ropa, la costura apretándote contra lo que él había dejado a medias, te lo recordaba sin piedad. Era un dolor dulce y terco, ese que conocen todas las mujeres que alguna vez se han quedado en el filo sin llegar a caer: el cuerpo entero latiéndote en un solo punto, la piel reclamando, la sangre agolpada sin sitio adonde ir. No se calmaba. Caminabas con sed —sed de terminar lo que habías empezado, sed de lo que él acababa de negarte— y por primera vez en tu vida no sabías si ibas a ser capaz de aguantar hasta llegar a casa.
Porque esa mujer que caminaba deprisa por la acera, apretando los muslos a cada paso, buscando sin querer cualquier roce que le calmara el fuego… esa ya no eras tú. Era el deseo. Y el deseo, esa noche, no pensaba esperar.
—Continuará—

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