A cara o cruz
No hay nada más excitante que poner el placer en manos del azar… y luego en las del otro.
Esta noche mandáis vosotros, pero también la suerte. Olvidaos de la rutina, de ir directos a lo de siempre. Aquí se trata de encender la mecha despacio y dejar que la tensión haga el resto.
Una moneda, un antifaz (o un pañuelo), un cronómetro y ganas de jugar sin vergüenza. Estáis con la persona que habéis elegido: aquí no sobra nada.
Lanzad la moneda al aire. Quien pierde, se pone la venda. Quien gana, manda en esta ronda.
El que manda tiene 10 minutos y una sola regla: puede pedir lo que quiera —cómo quiere que le acaricien, dónde, con qué ritmo, con las manos, con la boca, con una pluma— excepto la penetración. Esta noche eso no toca. Hoy va de todo lo demás, de todo lo que normalmente os saltáis con prisa.
El que lleva la venda obedece. Sin ver, todos los sentidos se multiplican: cada roce llega más hondo, cada palabra pesa más. Quien manda debe ser claro, atrevido, decir en voz alta lo que desea sin filtros, porque poner el deseo en palabras es la mitad del juego.
Cuando suenen los 10 minutos, se cambian los papeles. Ahora venda y orden cambian de dueño.
Después de cada ronda, quien ha recibido pone una nota del 1 al 10 a quien ha mandado. No por lo que ha hecho, sino por cómo lo ha hecho: la imaginación, la sensualidad, la capacidad de hacerte perder la cabeza. Sed sinceros y un poco crueles, que eso pica y motiva.
Jugad cuatro rondas en total, dos cada uno. Sumad los puntos.
Quien gane elige cómo termináis la noche. La posición, el ritmo, el cómo. Y quien pierde… obedece encantado.
Para subir el juego: un antifaz en condiciones, una pluma de caricias y un buen lubricante para que nada interrumpa el momento.
